jueves, 22 de febrero de 2018

"En mi mente, no había otra cosa que obtener una carrera"

Gracias a una beca del U.S. Army, Martha Romero pudo cumplir su sueño de convertirse en enfermera de neurocirugía, meta que logró con base en muchos sacrificios físicos, mentales, pero, sobre todo, emocionales. 


A pesar de que cuando vivía en su oriundo San Miguel se orientaba más a lo artístico, Martha Romero o "Tita", como cariñosamente le llama su familia, no se imaginaba que la vida le cambiaría drásticamente al emigrar a Estados Unidos ella sola, a los 16 años de edad. 
Martha aún recuerda sus días como adolescente estudiando en una escuela católica para niñas, participando en actividades como la flor de mayo, saliendo con sus compañeras al centro comercial de moda, practicando natación y su afición por el canto; vivencias que atesora en su corazón, especialmente porque tuvo que salir de El Salvador sin poder despedirse de nadie.

Ella es la última hija del matrimonio de sus padres (quienes se divorciaron cuando ella era aún pequeña) en el cual tuvieron tres hijas: Sara, Lissette y Martha (quien lleva el nombre de su mamá).
Cuando estaba cursando primer año de bachillerato, Martha y su mamá decidieron que ella saliera del país, debido a que el entonces novio de una de sus hermanas comenzara una especie de acoso hacia ella, lo cual ocasionó una ruptura entre ambas.

Años después, este novio le propinaría una golpiza a la hermana de Martha y fallecería a los pocos días por enclavamiento cerebral y trauma craneoencefálico severo. Él, quien estuvo prófugo, actualmente se encuentra libre y logró salir de la cárcel pocos años después de ser condenado únicamente por lesiones graves y no por feminicidio.

"...nos reconciliamos antes, pero ya no fue igual. Fue doloroso cuando ella murió, sentí que no hubo un cierre o un adiós, no pude estar ahí", recuerda. 

La lucha por el sueño americano

El llegar a Estados Unidos, además del dolor de dejar su familia y su círculo de amistades, también implicó un retraso en sus estudios, ya que en highschool tuvo que retroceder más de un año del nivel que cursaba en El Salvador. 

"Mi mamá y mi tío, con el que llegué a vivir, me apoyaron muchísimo. Al principio me sentía rara, en un ambiente diferente; me sentía frustrada porque la educación no era igual, no hablaba el idioma al 100%, pero quería aprender inglés", comenta sobre los primeros días en Dallas.   

Luego de terminar la highschool, se fue a vivir sola. Trabajaba de mesera y ahorraba dinero para poder tomar un par de clases de enfermería, en una escuela comunitaria. "Estuve así como dos años y medio. Tenía un apartamento para mi solita, los dueños eran unos ancianos que eran ángeles, pagaba solo una parte y lo demás era ayudándoles en algo, planchar o cuidarlos", afirma.


No obstante, no se podía conformar conque le fuera "bien", ella quería mucho más; por lo que tomó un préstamo para inscribirse en la Texas Christian University. Durante el primer año de estudio, se le presentó la oportunidad de poder ingresar al Army y optar por una beca; "... ellos (Army) te muestran cuáles serían tus obligaciones y que todo es gratis, y yo dije: 'De aquí me agarro'".
"Ya había terminado un año de la u, cuando me tuve que ir ocho meses para hacer el entrenamiento y poder optar al programa completo y a la ciudadanía, por lo que me tocó volver a comenzar y me atrasé". 
El proceso para entrar al Army le tomó un año, durante el cual se mantuvo estudiando, y que, al final, tuvo que abandonar para irse a los entrenamientos. Sin embargo, al igual que en la highschool, ella sabía que todo era por un propósito mayor, por lo que valía la pena comenzar de nuevo. 

El encierro de la base militar

Para poder optar al programa de beca del Army, Martha tuvo que cumplir los requisitos exigidos: buen rendimiento físico para poder hacer los entrenamientos, examen psicológico, buen rendimiento académico, porque hay un puntaje donde se les coloca a los aspirantes, examen de la vista y auditivo, corporal para ver si tienen tatuajes, entre otros.
Firmó un contrato y después le informaron que iba a estar destacada en Kentucky para el entrenamiento básico. Aquí, sus compañeros eran asiáticos, hindúes, africanos, todos aquellos inmigrantes que desean la ciudadanía, además de poder estudiar con una beca. 
Su día comenzaba a las 4:30 a.m., y cada día era un horario y actividades: correr, desayunar, bañarse, luego a clases, a aprender a disparar... todo era una estructura.
"Nunca sentí miedo, porque pensaba que si alguien lo podía hacer, pues yo también, y lo físico no era tan difícil como el encierro y la falta de comunicación..."
Para Martha el no tener acceso a su teléfono, manejar su carro y salir con sus amigas pesaba más que los entrenamientos. Los fines de semana se los daban libre o podía ir a la iglesia que estaba ahí mismo en la base, y eso era como un respiro de aquel encierro.


Después, la mandaron a Carolina del Norte a otra base. Aquí le tocó estudiar sobre el petróleo, pero no considera que fuera algo que le haya costado trabajo aprender, porque era básico.
"El sacrificio para mí fue más lo mental que el académico o el físico, porque pensaba que mis amigas andaban rumbeando y yo ahí encerrada, me sentía como en una burbuja". 
Cada tres o cuatro semanas le hacían un examen físico para ver si cumplía con los estándares requeridos.
Luego de ese tiempo, regresó a Forth Worth para ingresar a la Texas Christian University, en el programa de cadetes que era la beca que el Army le había dado y lo que que tanto ansiaba.


Nursing School

Martha siempre fue una apasionada por todo lo relativo a la medicina, especialmente la enfermería, por lo que se inscribió en esta facultad desde un inicio. Sin embargo, confiesa que fue sumamente difícil.
"Me tenía que desvelar mucho. A veces, tenía que estar en el Army el fin de semana, y el lunes tal vez había examen, me tocaba ir al hospital, o corría y luego a clases inmediatamente".
Su semana habitualmente se dividía en: hacer actividades de deporte del Army, de 5:30 a 6:30 a.m., media hora después, tenía clases de su facultad. Por las tardes, iba a clases de ciencia militar y práctica de campo, y un fin de semana al mes iba a entrenamientos en la base. Aparte de los trabajos y exámenes de la universidad, y las rotaciones en el hospital. "Durante ese tiempo eres cadete y cuando te gradúas puedes comisionar y te dan tu rango militar oficial que es segundo teniente, después tenés que hacer méritos para ser primera teniente, luego capitana y así...", afirma. Sus compañeros de facultad eran mayormente blancos, dos afroamericanos, tres asiáticos y tres mexicanos; ella era la única salvadoreña.

Martha (segunda de izquierda a derecha) el día de su graduación, junto a sus compañeras.
Luego de muchos desvelos, esfuerzo y sacrificio, ya que por su beca necesitaba un puntaje mínimo de 82, Martha logró culminar su carrera, después de cinco años y consiguió una residencia en neurocirugía en un hospital de su condado.
El día de su graduación, su mamá y su hermana mayor estuvieron acompañándola. De igual forma, regresó a El Salvador para celebrar este gran logro con sus familiares y sus ex compañeras de la escuela, con las que todavía les une un gran amistad.
"Cuando nos graduamos, yo era la única latina no nacida en Estados Unidos, había otra de familia inmigrante, pero no hablaba español".





Martha junto a su madre y hermana el día de su graduación de la TCU

 

Un poco de modelaje y aventura

Durante un tiempo, Martha también experimentó un poco con el modelaje, aunque considera que fue únicamente por hobbie, porque le gustaba la ropa, que la maquillaran y peinaran, pero no como para tomarlo en serio. "Esa experiencia fue como un cherry en el cake, porque estaba saliendo bien en la universidad. Me ponían ropa bonita, me arreglaban...como si no tuviera suficientes cosas que hacer, me tomé el tiempo para disfrutarlo y ya".






 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Otras de las cosas que Martha disfruta es viajar, explorar lugares y experimentar sensaciones, a la vez que se prepara para optar a su siguiente rango: capitana.

Sobre su experiencia en un país lejano, con una lengua distinta, ser una inmigrante de corta edad, sin su familia cerca de ella ,y con el dolor de haber perdido a una hermana de forma trágica, Martha considera que siempre hay que caminar de la mano de Dios, para que te ayude,  te fortalezca, ilumine y te abra puertas.

"Hay que tener una meta, un sueño y perseguirlo, aunque a veces no tengás claro el sueño; uno no debe tenerlo todo figurado, solo ser positivo, meditar, verse que estás en otro lado, no dejar que la gente diga que no lo puedes hacer. Es difícil si uno se lo permite, pero hay que arriesgarse".

"Siempre viví con aquello de que tenés que tener tu carrera, y no ser una salvadoreña de un hombre que me esté maltratando. Las barreras son mentales porque uno acá es bilingüe, de otro país y tenés que abrir tu mente porque eres diferente". 

Actualmente, Martha se desempeña en un hospital como enfermera de neurocirugía, donde trabaja hablando inglés, español y un poco de francés que aprendió en la escuela. También, realiza una especie de visita médica, facilitando formación en un medicamento recién aprobado por FDA.
Asimismo, sigue activa en el Army, yendo una vez al mes a entrenamientos a la base militar, dado que está destacada como en reserva.
Sus objetivos son seguirse especializando en su carrera y poner su propia clínica para ser más independiente y dueña de su tiempo. ¿Esposo e hijos? Aún no lo sabe. A sus 29 años, disfruta haciendo lo que le gusta y por lo que luchó, teniendo en mente que ser mujer e inmigrante no es un impedimento para tocar las barras y las estrellas. 







Fotografías: Facebook Martha Ileana Carballo.

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