jueves, 22 de febrero de 2018

"En mi mente, no había otra cosa que obtener una carrera"

Gracias a una beca del U.S. Army, Martha Romero pudo cumplir su sueño de convertirse en enfermera de neurocirugía, meta que logró con base en muchos sacrificios físicos, mentales, pero, sobre todo, emocionales. 


A pesar de que cuando vivía en su oriundo San Miguel se orientaba más a lo artístico, Martha Romero o "Tita", como cariñosamente le llama su familia, no se imaginaba que la vida le cambiaría drásticamente al emigrar a Estados Unidos ella sola, a los 16 años de edad. 
Martha aún recuerda sus días como adolescente estudiando en una escuela católica para niñas, participando en actividades como la flor de mayo, saliendo con sus compañeras al centro comercial de moda, practicando natación y su afición por el canto; vivencias que atesora en su corazón, especialmente porque tuvo que salir de El Salvador sin poder despedirse de nadie.

Ella es la última hija del matrimonio de sus padres (quienes se divorciaron cuando ella era aún pequeña) en el cual tuvieron tres hijas: Sara, Lissette y Martha (quien lleva el nombre de su mamá).
Cuando estaba cursando primer año de bachillerato, Martha y su mamá decidieron que ella saliera del país, debido a que el entonces novio de una de sus hermanas comenzara una especie de acoso hacia ella, lo cual ocasionó una ruptura entre ambas.

Años después, este novio le propinaría una golpiza a la hermana de Martha y fallecería a los pocos días por enclavamiento cerebral y trauma craneoencefálico severo. Él, quien estuvo prófugo, actualmente se encuentra libre y logró salir de la cárcel pocos años después de ser condenado únicamente por lesiones graves y no por feminicidio.

"...nos reconciliamos antes, pero ya no fue igual. Fue doloroso cuando ella murió, sentí que no hubo un cierre o un adiós, no pude estar ahí", recuerda. 

La lucha por el sueño americano

El llegar a Estados Unidos, además del dolor de dejar su familia y su círculo de amistades, también implicó un retraso en sus estudios, ya que en highschool tuvo que retroceder más de un año del nivel que cursaba en El Salvador. 

"Mi mamá y mi tío, con el que llegué a vivir, me apoyaron muchísimo. Al principio me sentía rara, en un ambiente diferente; me sentía frustrada porque la educación no era igual, no hablaba el idioma al 100%, pero quería aprender inglés", comenta sobre los primeros días en Dallas.   

Luego de terminar la highschool, se fue a vivir sola. Trabajaba de mesera y ahorraba dinero para poder tomar un par de clases de enfermería, en una escuela comunitaria. "Estuve así como dos años y medio. Tenía un apartamento para mi solita, los dueños eran unos ancianos que eran ángeles, pagaba solo una parte y lo demás era ayudándoles en algo, planchar o cuidarlos", afirma.


No obstante, no se podía conformar conque le fuera "bien", ella quería mucho más; por lo que tomó un préstamo para inscribirse en la Texas Christian University. Durante el primer año de estudio, se le presentó la oportunidad de poder ingresar al Army y optar por una beca; "... ellos (Army) te muestran cuáles serían tus obligaciones y que todo es gratis, y yo dije: 'De aquí me agarro'".
"Ya había terminado un año de la u, cuando me tuve que ir ocho meses para hacer el entrenamiento y poder optar al programa completo y a la ciudadanía, por lo que me tocó volver a comenzar y me atrasé". 
El proceso para entrar al Army le tomó un año, durante el cual se mantuvo estudiando, y que, al final, tuvo que abandonar para irse a los entrenamientos. Sin embargo, al igual que en la highschool, ella sabía que todo era por un propósito mayor, por lo que valía la pena comenzar de nuevo. 

El encierro de la base militar

Para poder optar al programa de beca del Army, Martha tuvo que cumplir los requisitos exigidos: buen rendimiento físico para poder hacer los entrenamientos, examen psicológico, buen rendimiento académico, porque hay un puntaje donde se les coloca a los aspirantes, examen de la vista y auditivo, corporal para ver si tienen tatuajes, entre otros.
Firmó un contrato y después le informaron que iba a estar destacada en Kentucky para el entrenamiento básico. Aquí, sus compañeros eran asiáticos, hindúes, africanos, todos aquellos inmigrantes que desean la ciudadanía, además de poder estudiar con una beca. 
Su día comenzaba a las 4:30 a.m., y cada día era un horario y actividades: correr, desayunar, bañarse, luego a clases, a aprender a disparar... todo era una estructura.
"Nunca sentí miedo, porque pensaba que si alguien lo podía hacer, pues yo también, y lo físico no era tan difícil como el encierro y la falta de comunicación..."
Para Martha el no tener acceso a su teléfono, manejar su carro y salir con sus amigas pesaba más que los entrenamientos. Los fines de semana se los daban libre o podía ir a la iglesia que estaba ahí mismo en la base, y eso era como un respiro de aquel encierro.


Después, la mandaron a Carolina del Norte a otra base. Aquí le tocó estudiar sobre el petróleo, pero no considera que fuera algo que le haya costado trabajo aprender, porque era básico.
"El sacrificio para mí fue más lo mental que el académico o el físico, porque pensaba que mis amigas andaban rumbeando y yo ahí encerrada, me sentía como en una burbuja". 
Cada tres o cuatro semanas le hacían un examen físico para ver si cumplía con los estándares requeridos.
Luego de ese tiempo, regresó a Forth Worth para ingresar a la Texas Christian University, en el programa de cadetes que era la beca que el Army le había dado y lo que que tanto ansiaba.


Nursing School

Martha siempre fue una apasionada por todo lo relativo a la medicina, especialmente la enfermería, por lo que se inscribió en esta facultad desde un inicio. Sin embargo, confiesa que fue sumamente difícil.
"Me tenía que desvelar mucho. A veces, tenía que estar en el Army el fin de semana, y el lunes tal vez había examen, me tocaba ir al hospital, o corría y luego a clases inmediatamente".
Su semana habitualmente se dividía en: hacer actividades de deporte del Army, de 5:30 a 6:30 a.m., media hora después, tenía clases de su facultad. Por las tardes, iba a clases de ciencia militar y práctica de campo, y un fin de semana al mes iba a entrenamientos en la base. Aparte de los trabajos y exámenes de la universidad, y las rotaciones en el hospital. "Durante ese tiempo eres cadete y cuando te gradúas puedes comisionar y te dan tu rango militar oficial que es segundo teniente, después tenés que hacer méritos para ser primera teniente, luego capitana y así...", afirma. Sus compañeros de facultad eran mayormente blancos, dos afroamericanos, tres asiáticos y tres mexicanos; ella era la única salvadoreña.

Martha (segunda de izquierda a derecha) el día de su graduación, junto a sus compañeras.
Luego de muchos desvelos, esfuerzo y sacrificio, ya que por su beca necesitaba un puntaje mínimo de 82, Martha logró culminar su carrera, después de cinco años y consiguió una residencia en neurocirugía en un hospital de su condado.
El día de su graduación, su mamá y su hermana mayor estuvieron acompañándola. De igual forma, regresó a El Salvador para celebrar este gran logro con sus familiares y sus ex compañeras de la escuela, con las que todavía les une un gran amistad.
"Cuando nos graduamos, yo era la única latina no nacida en Estados Unidos, había otra de familia inmigrante, pero no hablaba español".





Martha junto a su madre y hermana el día de su graduación de la TCU

 

Un poco de modelaje y aventura

Durante un tiempo, Martha también experimentó un poco con el modelaje, aunque considera que fue únicamente por hobbie, porque le gustaba la ropa, que la maquillaran y peinaran, pero no como para tomarlo en serio. "Esa experiencia fue como un cherry en el cake, porque estaba saliendo bien en la universidad. Me ponían ropa bonita, me arreglaban...como si no tuviera suficientes cosas que hacer, me tomé el tiempo para disfrutarlo y ya".






 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Otras de las cosas que Martha disfruta es viajar, explorar lugares y experimentar sensaciones, a la vez que se prepara para optar a su siguiente rango: capitana.

Sobre su experiencia en un país lejano, con una lengua distinta, ser una inmigrante de corta edad, sin su familia cerca de ella ,y con el dolor de haber perdido a una hermana de forma trágica, Martha considera que siempre hay que caminar de la mano de Dios, para que te ayude,  te fortalezca, ilumine y te abra puertas.

"Hay que tener una meta, un sueño y perseguirlo, aunque a veces no tengás claro el sueño; uno no debe tenerlo todo figurado, solo ser positivo, meditar, verse que estás en otro lado, no dejar que la gente diga que no lo puedes hacer. Es difícil si uno se lo permite, pero hay que arriesgarse".

"Siempre viví con aquello de que tenés que tener tu carrera, y no ser una salvadoreña de un hombre que me esté maltratando. Las barreras son mentales porque uno acá es bilingüe, de otro país y tenés que abrir tu mente porque eres diferente". 

Actualmente, Martha se desempeña en un hospital como enfermera de neurocirugía, donde trabaja hablando inglés, español y un poco de francés que aprendió en la escuela. También, realiza una especie de visita médica, facilitando formación en un medicamento recién aprobado por FDA.
Asimismo, sigue activa en el Army, yendo una vez al mes a entrenamientos a la base militar, dado que está destacada como en reserva.
Sus objetivos son seguirse especializando en su carrera y poner su propia clínica para ser más independiente y dueña de su tiempo. ¿Esposo e hijos? Aún no lo sabe. A sus 29 años, disfruta haciendo lo que le gusta y por lo que luchó, teniendo en mente que ser mujer e inmigrante no es un impedimento para tocar las barras y las estrellas. 







domingo, 23 de julio de 2017

Cuando tu vocación viene en una caja de cereal

En un mundo donde se sacrifica a la mujer por estar fuera de los estándares ideales, Sandra Medrano ha sabido disfrutar su vocación por el belly dance, rompiendo esquemas y botando la concepción de la "figura perfecta", en un arte que derrocha habilidad, técnica y sensualidad. 



Nunca me ha gustado escribir en primera persona, sin embargo, en esta ocasión me atreví hacerlo porque sé que muchas se sentirán identificadas con estas líneas.
Verán, las mujeres estamos ralladas de un mundo tan "Kardashian", donde la perfección física está a la orden del día. Las redes sociales, especialmente Instagram, se han convertido en el escaparate ideal para mostrar los atributos que encajen con el prototipo del cuerpo femenino, que cumpla con los criterios exigidos por la sociedad virtual y real.
En ocasiones, estas exigencias pueden llegar a crear inseguridades en las mujeres, por no ser aquello que se supone deben ser, especialmente, en lo relacionado al físico.
Por ejemplo, a mí me encantaría aprender pole dance, pero no me atrevo a usar esos mini shorts para practicarlo. Quienes me conocen desde la infancia saben lo mucho que he amado bailar, y es una de las cosas que me arrepiento no haber seguido practicando. Hoy, que quisiera retomarlo, considero que ya es tarde (y un tanto penoso) que una mujer de mi edad se pare a la par de jovencitas que tendrán más energía y destreza. Y así nos vamos imponiendo barreras, por culpa de las inseguridades y el qué diran, pero, mayormente, porque no estamos conformes en cómo lucimos. 
Es por ello que hace mucho quería escribir sobre mujeres que se atreven a ser la excepción de la regla, aquellas que están orgullosas de no encajar en el anhelado "cuerpo femenino ideal". 
Ya vimos las primeras modelos tallas reales o "plus"size" que están logrando que la industria de la moda reconozca que la "high couture" debe dejar de enfocarse en cuerpos inexistentes y aterrice en que las mujeres venimos en diversos tamaños y características, y no por eso dejar de ser atractivas. 

Iskra Lawrence. La llamaron "vaca" en Instagram. Ella contestó de forma divertida.

Denise Bidot. Se ha rehusado a que sus fotografías sean retocadas

Iskra Lawrence, Denise Bidot y Ashley Graham son algunas modelos de tallas reales que tienen miles de seguidores en Instagram. Pero no se salvan de ser criticadas por mostrar sus curvas, estrías y hasta su celulitis.
 











Pero no solo las pasarelas se están comenzando a rendir ante la belleza y talento de mujeres reales; otros escenarios también están cayendo en la cuenta de su valor y todo lo que pueden aportar, más allá de una imagen perfecta
La danza es otro de los círculos exigentes con la imagen; pero, sobre todo, con una estricta disciplina con la dedicación y entrega a este arte.
Y es en este mundo en el cual la protagonista de esta nota, Sandra Patricia Medrano Cornejo, decidió desarrollarse, respetarlo, amarlo y poner toda su alma en cada movimiento con cada una de las partes de su corpulento cuerpo. 

Desde su infancia, Sandra tenía muchos sueños, en especial aquellos que incluían lo artístico que le llegaban desde la televisión. Desde entonces, ya se veía en un escenario bailando y/o cantando igual que Selena, Shakira y Britney Spears, quienes eran sus ídolos de niña. 
"Soy la mayor de una familia de tres hermanos. Mi mamá y mi abuelita han sido figuras muy importantes para mí, ya que a los cinco años mi papá falleció y ellas me dieron mucha fortaleza", cuenta Sandra.
A pesar de crecer en una familia muy tradicional y conservadora, sin ninguna relación con el arte, Sandra siempre ha contado con su apoyo para todos sus sueños, ya que en realidad su objetivo era cantar, pero la vida la llevó hasta el baile. 
Cuando estaba en séptimo grado, ya formaba parte de un grupo de coreografía en su colegio. Fue aquí donde su instructora de baile le comentó que estaba yendo a clases de belly dance; así que a Sandra le entró la curiosidad por conocer más y comenzó a meterse a internet para ver videos de este baile. 

"De repente, en las cajas de Special K venían unos DVD de una bailarina de belly dance que se llama Rania; me emocioné y los compré. Ese fue mi primer acercamiento a las danzas árabes", recuerda ella. Ese DVD se convirtió en el primer instructor de Sandra. Religiosamente, todos los días en la tarde, luego de regresar del colegio, se colocaba frente a la computadora a seguir los movimientos de Rania. Desde entonces, comenzó a insistir a su mamá para que la inscribieran en clases. El shimmy y el camello la habían atrapado. 

 Hasta que un día, de tanto insistir, una de sus tías la llevó a una escuela donde impartían danza árabe y en ese mismo momento se inscribió. Luego, llegó a su casa a contarle a su mamá que comenzaría clases los días sábados, a lo que ella le contestó: "Vos sabés que aquí lo primero es el colegio, así que vos consentite". En ese entonces acababa de cumplir 16 años y uno de sus regalos fue un caderín, precisamente de su tía. 

Pero, lo que comenzó como un hobbie de sábados, se volvió una constante de lunes, miércoles y sábados. "Un día que solo estábamos mi maestra y yo, ella me dijo: '¿No has considerado dedicarte a esto en serio?', y yo en ese momento le dije que realmente no, pero que sí me gustaba", recuerda ella.

Para su primera muestra de baile de su escuela, fue toda su familia a verla. Estaba super nerviosa, había llovido y el escenario estaba muy liso, por lo que tenía miedo de caerse. Por otro lado, también se sentía nerviosa por el vestuario, "Una tiene el ideal de bailarina, que se usa un top, pero cuando una sale de ese ideal, vas pensando qué podría quedarte bien. Yo, por ejemplo, no soy ese ideal, soy más rellenita, no soy alta, pero una bailarina siempre va a querer mostrar algo menos y otra cosa más. Luego fui aprendiendo qué tipo de top y cortes de falda me favorecen más...son cuestiones de imagen que no se pueden obviar si trabajás en esto", asegura.
"Mi mamá me enseñó que el miedo no me debe detener; el miedo a mi complexión, que no me siento segura, sino que hay que seguir y seguir, a pesar de que tal vez no te sintás bien y las condiciones no sean las óptimas"

Luego que pasó la muestra, su familia creyó que ya no iba a seguir en clases, que ya había finalizado esa etapa. Pero Sandra les dijo que no, que ella iba a seguir.


La entrada al tribal americano y la pausa

Luego de pasar poco más de un año en su primera escuela de danza, fue a unos talleres del tribal fusión y tribal americano con la bailarina española Serta Huertas, pero en otra academia. Le gustó tanto que recibía clases en ambas escuelas: en una belly dance y en la otra tribal fusión. 
No obstante, para Sandra también su fe ha sido algo muy importante en su vida, así que se propuso ir a la Jornada Mundial de la Juventud, que ese año se celebraba en Madrid, España, por lo que dejó en pausa sus clases de baile para preparar su viaje de peregrinación, en el encuentro con el Papa Benedicto XVI. Ese mismo año, también inició sus estudios de Psicología en la universidad, así que tuvo que dejar de lado lo relacionado al baile por un par de años, y solo asistía a algunos seminarios.


Sandra (de anteojos) en su viaje de peregrinación en la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, con el grupo "Peregrinos de la Paz"
Luego, una amiga de baile le sugirió que ensayaran e hicieran una mancuerna haciendo presentaciones y shows. Esa fue una etapa de transición para ella, donde fue descubriendo si existía la posibilidad de seguir en el baile más allá de un hobbie; aunque tenía claro que quería desarrollarse en su carrera profesional. Sin embargo, fue con la llegada del maestro argentino César Insaurralde, con quien recibió unos talleres y una clase especial de ocho horas, cuando comenzó a tomarse el baile como más que un hobbie, decidió especializarse y formarse académicamente para ser más profesional. Por lo que adquirió una certificación con exámenes teóricos y prácticos de nueve módulos. "Del grupo que estábamos especializándonos, algunos habían estado en ballet o danza contemporánea en escuelas nacionales o fundaciones, y yo era la que nunca había hecho nada de eso, por lo que fue muy difícil para mí, porque no tenía ese tipo de conocimientos, además porque estaba el complejo de que físicamente no sos el ideal de bailarina; pero fui poco a poco", relata.
Fue en el módulo siete, precisamente, uno de los momentos más duros porque le tocó estudiar ballet, por ende, más postura y estilizarse.
 "Llegué a mi casa con un dolor terrible en una rodilla y un tobillo. Según la psicología de la danza, las rodillas se relacionan con el ego y los tobillos con la autoflagelación. Yo pensé que hasta ahí había llegado, pues no me salían los pasos, no tenía la formación, el cuerpo indicado, no lo iba a lograr".


Fueron su hermana, Daniela, y su maestra, Claudia María, las que la apoyaron y convencieron que no se detuviera, que creyera en sí misma porque ella sí tenía la capacidad para lograrlo. Y lo que pensó que no podría lograr, al final vio que sí podía y más. De igual forma, a la par llevaba la universidad, y en ocasiones le tocaba hacer las tareas de danza mientras estaba entre pausas de clases, o saliendo de ahí se iba para ensayos. 

De alumna a maestra
Después, llegó la oportunidad de estar en una compañía de baile, que para ella fue más desafiante porque debía mostrar mayor calidad con una muestra de alumnas. "A nivel social hay muchas ideas todavía, no solo en cuanto al físico sobre quiénes tienen 'permitido' hacer danzas árabes, según su cuerpo, y quiénes no; sino también al vestuario, y el estereotipo de este tipo de danza donde la mujer tiene el protagonismo", comenta.
Sandra admite que sí ha llegado a sentirse discriminada, sobre todo, profesionalmente, porque cuando le piden un grupo de bailarinas, solicitan que sean jóvenes y con buena figura. Asegura que son ideas que no solo están en el público sino también en quienes bailan, lo cual para ella no es congruente con la filosofía milenaria de la danza árabe. "La gente a veces no te toma en serio, porque es como 'ahhh...la gordita bailando', pero en una está si eso te va a detener o te va a impulsar", algo que ha ido demostrando siempre parándose con seguridad, gallardía y elegancia en el escenario, ya sea como solista o en grupo, haciendo lo que le gusta y sabe.
"Una vez, fuímos a un programa de televisión y postearon nuestra visita en su red social. Luego, leí todo lo que dijeron de mí y otras bailarinas refiriéndose con comentarios hirientes. Es muy feo, el daño que pueden generarte es muy grande"



El año pasado, mientras hacía su tesis para obtener su pregrado de Psicología, también impartía clases de baile, algo que le comenzó a gustar y fue como una espina que se le fue incrustando. Pero, después de graduarse, obtuvo un trabajo como consultora en algo de su profesión universitaria que le exigía bastante y el tiempo era muy demandante en cuanto a los horarios. Sin embargo, luego de finalizado el proyecto, tuvo problemas para encontrar algo de su carrera. 

"Busqué, busqué y busqué; fui a entrevistas y nada. Así que pensé que una tiene que estar en lo que le hace feliz, aunque talvez no tengás mayores comodidades, porque no es solo lo material, sino el sentirte bien, en paz y plena. Así que me aventuré y pensé que si no funcionaba, por lo menos lo intenté", relata. Así que, a inicios de este año, se puso como fecha tope la realización de un evento internacional, donde participaron representantes de otros países. Si al llegar a ese día, Sandra no tenía una oferta como psicóloga, iba optar por dedicarse completamente a la danza.

Sandra el día de su graduación como licenciada en Psicología.
Llegada la fecha límite, sucedió algo memorable. Los maestros de Sandra, junto a su familia, le entregaron una placa de reconocimiento por su desempeño en ese evento, algo que fue muy emocionante y significativo para ella, pues no se imaginaba en absoluto que le entregarían una presea por su trabajo destacado. "Que mi mamá estuviera ahí entregándome ese reconocimiento fue la bendición que me hacía falta para aventurarme a seguir un sueño, porque para ella lo primordial era mi carrera universitaria. Luego, me dijo que si quería dedicarme a la danza, que lo hiciera bien", recuerda emocionada. Hoy, es invitada a otros países a impartir clases y a recibir seminarios también.
"Para mí es sumamente importante tener la capacidad de transformar la vida de las mujeres a través de la danza, pues como artista tenés en tus manos el poder cambiar un estado de ánimo. Y eso fue lo que me enganchó también de la psicología y por eso mismo nunca dejé ninguna".

Para Sandra es muy importante que cada persona genere cambios positivos para el país, desde su trinchera; ser más amables, regalar una sonrisa, siendo más empáticos, hacer lo que nos corresponde con amor, ser más humanos. Y desde su cátedra es donde empieza a generar cambios, haciéndoles ver a sus alumnas que no hay un cuerpo perfecto para la danza, que cada cuerpo tiene sus virtudes y desventajas, y que el reto está en conocerse a una misma e ir descubriendo cuáles son esas virtudes y trabajar en la seguridad y el empoderamiento, ya que las danzas árabes obligan a verse a una misma no solo desde afuera, sino también hacia adentro.
"La danza me transformó, porque desde chiquita había tenido sobrepeso, era insegura o las comparaciones me dolían, pero aprendí a verme, amarme y darme cuenta de lo que mi cuerpo era capaz"
La meta actual de Sandra es trasladarse al extranjero para seguir aprendiendo y preparándose en niveles más superiores para, a largo plazo, poder tener su propia academia, desde donde pueda seguir logrando cambios más allá de una técnica de baile, sino en fomentar en sus alumnas el amor propio y la aceptación para poder transmitir emociones al público amante de las danzas árabes. 


 

miércoles, 28 de junio de 2017

"Mi mamá me dijo que debía aprender a vivir sin intérprete"



Es una apasionada del deporte; juega flag football, practica surf, belly dance, toca guitarra, es fan de “Wonder Woman” y trabaja como técnica dental. Todo lo que ha logrado es porque no se permitió permanecer en su zona de confort con la excusa de ser una persona sorda. 

Yennifer Alabí es una persona sorda, pero su discapacidad se ha convertido en una fortaleza para desarrollar otras habilidades.

A pesar de ser una persona sorda de nacimiento, esta discapacidad no ha sido una barrera para todo lo que Yennifer Alabí se ha propuesto y le gusta hacer. Desde pequeña mostró interés por el deporte, en especial el surf. A los 13 años de edad vio un póster de una chica surfeando y pensó: “Yo quiero ser así”; pero, obviamente, su mamá no se lo permitió.


Durante sus primeros años de estudio, fue a una escuela para personas sordas; después, entró a un colegio donde tuvo intérprete hasta graduarse de bachiller. En la universidad, quería estudiar odontología, sin embargo, le pareció que era una carrera muy larga, así que prefirió optar por algo con lo que tuviese más destreza, escogiendo mejor un técnico en asistencia dental. En el primer ciclo de la universidad tuvo un intérprete, pero se dio cuenta que era muy oneroso, pues, a diferencia del colegio donde entre varias personas sordas pagaban un intérprete, en esta ocasión le tocaba a ella sola costearlo. “Mi mamá me dijo que debía aprender a vivir sin intérprete, así que asumí esa responsabilidad, la acepté y luché para aprender y desarrollar lo visual, porque me gusta mucho mi carrera”, comenta. 


Pero, al principio, no fue fácil para Yennifer, no se relacionaba mucho con sus compañeros; sin embargo, luego fue entendiendo. Sus docentes usaban muchas imágenes y fotografías para exponer, eso más todo el texto de las cátedras lograban que ella tuviera comprensión de los temas. No obstante, no se conformaba con eso. Luego, se auxiliaba de de la biblioteca donde profundizaba mucho más en las asignaturas y así logró graduarse con buenas notas. 


Ni football ni soccer y un poco de Shimmy
 El deporte siempre ha sido una motivación en la vida de Yennifer, por lo que siempre se mantiene involucrada en alguna actividad física, sobre todo si esta implica nuevos retos y conocimientos. A pesar que durante un tiempo practicó fútbol, después no encontró un equipo para jugar debido a su edad; fue entonces que vio en un programa de televisión donde invitaban a formar parte de un equipo de flag football, que es una modalidad de football americano, solo que con unas variantes. Le interesó mucho y, ni corta ni perezosa, tomó nota de los contactos, se comunicó para saber si podía llegar, aclarando que era una persona sorda, sin embargo, le dijeron que eso no era impedimento, que llegara a las prácticas y, desde entonces, forma parte del equipo de las Barbarians, jugando como central izquierda.  



Incursionar en este deporte fue una sorpresa, pues, aparte de que no es tan popular, se dio cuenta que en el equipo no había una barrera de edad, ya que hay chicas de 15 años, madres y hasta mujeres de 40 años. “Nunca me he sentido discriminada dentro del equipo. He ido entendiendo porqué las personas oyentes discriminan, pues a veces tienen como temor y deciden alejarse, así que yo me acoplo y las personas se van interesando en la lengua de señas”, comenta.

Pero como Yennifer es una persona sumamente inquieta y persistente, nunca renunció a su sueño de encontrarse con las olas en una tabla, así que a los 21 años empezó a surfear en la playa de San Blas.  Ella admite que para practicar surf se necesita una gran resistencia en los brazos, por lo que le gusta estar en buena condición física para poder dominar las olas. 

Otra de las actividades que disfruta también es el belly dance, baile que practica desde hace tres años. Ser una persona sorda no le ha impedido realizar shimmy u  ochos infinitos e ir al ritmo sensual de la música árabe. “Quería conocer el baile y no ser tan tiesa,  encontrar mi ritmo y tener esa habilidad. Lo que hago es observar a mis compañeras y memorizar los pasos”, sobre su técnica para seguir los movimientos. 


 Las puertas de las capuchinas
 Sobre el avance de las políticas de inclusión en nuestro país, Yennifer afirma que para ella no ha habido un progreso o mejora en este sentido; los grupos de personas sordas, como asociaciones, siempre están esperando que los apoyen. Sin embargo, ella nunca se conformó con eso, por lo que decidió buscar su camino y superarse. “Mi mamá me decía que tratara, así me fui haciendo independiente. Quejarse es pérdida de tiempo”, expresa.



Algo que marcó significativamente la vida de Yennifer fue una visita a la iglesia y convento de Las Capuchinas, en Antigua Guatemala. Al entrar a la zona que consta de una estructura circular que alberga las antiguas celdas,  notó que todas las puertas estaban abiertas y una cerrada. Ahí analizó que para ella esta última podría significar su discapacidad, y que las abiertas eran sus fortalezas. “Puedo ver, leer los labios, escribir, comunicarme con gestos, bailar, puedo conducir y tengo los espejos para visualizar, y todo eso me facilita la vida”, comenta ella, al recordar ese momento.



En cuanto al mundo laboral, Yennifer comenta que para ella ha sido muy bueno, debido a que se ha enfocado en desarrollar sus destrezas como técnica dental, elaborando piezas, algo que le encanta, y en lo que pone todo su empeño. Para ella, las personas sordas deben buscar algo dependiendo de sus habilidades, por ejemplo, si tienen habilidades manuales, puede ser algo sobre carpintería, cortar cabello, tapicería, coser, etc.
Una de sus aspiraciones es estudiar mecánica dental en Costa Rica, pues en el país no existe esa opción; sin embargo, hasta la fecha, no ha podido encontrar una beca para poder hacerlo, aunque es seguro que Yennifer no se dará por vencida. 
A sus 28 años, ya vive sola, no se ha privado de nada y disfruta al máximo de todas las cosas que le gusta hacer: surfear, bailar, jugar, correr, tocar guitarra, elaborar detalladas piezas dentales, viajar….¡Ah! y tomar fotografías, pues la discapacidad no se encuentra en la ausencia de un sentido, sino en la ausencia de sueños y metas.




"En mi mente, no había otra cosa que obtener una carrera"

Gracias a una beca del U.S. Army, Martha Romero pudo cumplir su sueño de convertirse en enfermera de neurocirugía, meta que logró con base ...