En un mundo donde se sacrifica a la mujer por estar fuera de los estándares ideales, Sandra Medrano ha sabido disfrutar su vocación por el belly dance, rompiendo esquemas y botando la concepción de la "figura perfecta", en un arte que derrocha habilidad, técnica y sensualidad.
Nunca
me ha gustado escribir en primera persona, sin embargo, en esta ocasión
me atreví hacerlo porque sé que muchas se sentirán
identificadas con estas líneas.
Verán, las mujeres estamos
ralladas de un mundo tan "Kardashian", donde la perfección física está a
la orden del día. Las redes sociales, especialmente Instagram, se han
convertido en el escaparate ideal para mostrar los atributos que encajen
con el prototipo del cuerpo femenino, que cumpla con los criterios
exigidos por la sociedad virtual y real. 

En
ocasiones, estas exigencias pueden llegar a crear inseguridades en las
mujeres, por no ser aquello que se supone deben ser, especialmente, en lo
relacionado al físico.
Por ejemplo, a mí me encantaría aprender pole dance,
pero no me atrevo a usar esos mini shorts para practicarlo.
Quienes me conocen desde la infancia saben lo mucho que he amado bailar,
y es una de las cosas que me arrepiento no haber seguido practicando.
Hoy, que quisiera retomarlo, considero que ya es tarde (y un tanto
penoso) que una mujer de mi edad se pare a la par de jovencitas
que tendrán más energía y destreza. Y así nos vamos imponiendo barreras,
por culpa de las inseguridades y el qué diran, pero, mayormente, porque no estamos conformes en cómo lucimos.
Es por ello que hace mucho quería escribir sobre mujeres que se atreven a ser la excepción de la regla, aquellas que están orgullosas de no encajar en el anhelado "cuerpo femenino ideal".
Ya vimos las primeras modelos tallas reales o "plus"size" que están logrando que la industria de la moda reconozca que la "high couture" debe dejar de enfocarse en cuerpos inexistentes y aterrice en que las mujeres venimos en diversos tamaños y características, y no por eso dejar de ser atractivas.
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| Iskra Lawrence. La llamaron "vaca" en Instagram. Ella contestó de forma divertida. |
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| Denise Bidot. Se ha rehusado a que sus fotografías sean retocadas |
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| Iskra Lawrence, Denise Bidot y Ashley Graham son algunas modelos de tallas reales que tienen miles de seguidores en Instagram. Pero no se salvan de ser criticadas por mostrar sus curvas, estrías y hasta su celulitis. |
La danza es otro de los círculos exigentes con la imagen; pero, sobre todo, con una estricta disciplina con la dedicación y entrega a este arte.
Y es en este mundo en el cual la protagonista de esta nota, Sandra Patricia Medrano Cornejo, decidió desarrollarse, respetarlo, amarlo y poner toda su alma en cada movimiento con cada una de las partes de su corpulento cuerpo.
Desde su infancia, Sandra tenía muchos sueños, en especial aquellos que incluían lo artístico que le llegaban desde la televisión. Desde entonces, ya se veía en un escenario bailando y/o cantando igual que Selena, Shakira y Britney Spears, quienes eran sus ídolos de niña.
"Soy la mayor de una familia de tres hermanos. Mi mamá y mi abuelita han sido figuras muy importantes para mí, ya que a los cinco años mi papá falleció y ellas me dieron mucha fortaleza", cuenta Sandra.
A pesar de crecer en una familia muy tradicional y conservadora, sin ninguna relación con el arte, Sandra siempre ha contado con su apoyo para todos sus sueños, ya que en realidad su objetivo era cantar, pero la vida la llevó hasta el baile.
Cuando estaba en séptimo grado, ya formaba parte de un grupo de coreografía en su colegio. Fue aquí donde su instructora de baile le comentó que estaba yendo a clases de belly dance; así que a Sandra le entró la curiosidad por conocer más y comenzó a meterse a internet para ver videos de este baile.
"De repente, en las cajas de Special K venían unos DVD de una bailarina de belly dance que se llama Rania; me emocioné y los compré. Ese fue mi primer acercamiento a las danzas árabes", recuerda ella. Ese DVD se convirtió en el primer instructor de Sandra. Religiosamente, todos los días en la tarde, luego de regresar del colegio, se colocaba frente a la computadora a seguir los movimientos de Rania. Desde entonces, comenzó a insistir a su mamá para que la inscribieran en clases. El shimmy y el camello la habían atrapado.
Hasta que un día, de tanto insistir, una de sus tías la llevó a una escuela donde impartían danza árabe y en ese mismo momento se inscribió. Luego, llegó a su casa a contarle a su mamá que comenzaría clases los días sábados, a lo que ella le contestó: "Vos sabés que aquí lo primero es el colegio, así que vos consentite". En ese entonces acababa de cumplir 16 años y uno de sus regalos fue un caderín, precisamente de su tía.
Pero, lo que comenzó como un hobbie de sábados, se volvió una constante de lunes, miércoles y sábados. "Un día que solo estábamos mi maestra y yo, ella me dijo: '¿No has considerado dedicarte a esto en serio?', y yo en ese momento le dije que realmente no, pero que sí me gustaba", recuerda ella.
Para su primera muestra de baile de su escuela, fue toda su familia a verla. Estaba super nerviosa, había llovido y el escenario estaba muy liso, por lo que tenía miedo de caerse. Por otro lado, también se sentía nerviosa por el vestuario, "Una tiene el ideal de bailarina, que se usa un top, pero cuando una sale de ese ideal, vas pensando qué podría quedarte bien. Yo, por ejemplo, no soy ese ideal, soy más rellenita, no soy alta, pero una bailarina siempre va a querer mostrar algo menos y otra cosa más. Luego fui aprendiendo qué tipo de top y cortes de falda me favorecen más...son cuestiones de imagen que no se pueden obviar si trabajás en esto", asegura.
Luego que pasó la muestra, su familia creyó que ya no iba a seguir en clases, que ya había finalizado esa etapa. Pero Sandra les dijo que no, que ella iba a seguir.
No obstante, para Sandra también su fe ha sido algo muy importante en su vida, así que se propuso ir a la Jornada Mundial de la Juventud, que ese año se celebraba en Madrid, España, por lo que dejó en pausa sus clases de baile para preparar su viaje de peregrinación, en el encuentro con el Papa Benedicto XVI. Ese mismo año, también inició sus estudios de Psicología en la universidad, así que tuvo que dejar de lado lo relacionado al baile por un par de años, y solo asistía a algunos seminarios.
Luego, una amiga de baile le sugirió que ensayaran e hicieran una mancuerna haciendo presentaciones y shows. Esa fue una etapa de transición para ella, donde fue descubriendo si existía la posibilidad de seguir en el baile más allá de un hobbie; aunque tenía claro que quería desarrollarse en su carrera profesional. Sin embargo, fue con la llegada del maestro argentino César Insaurralde, con quien recibió unos talleres y una clase especial de ocho horas, cuando comenzó a tomarse el baile como más que un hobbie, decidió especializarse y formarse académicamente para ser más profesional. Por lo que adquirió una certificación con exámenes teóricos y prácticos de nueve módulos. "Del grupo que estábamos especializándonos, algunos habían estado en ballet o danza contemporánea en escuelas nacionales o fundaciones, y yo era la que nunca había hecho nada de eso, por lo que fue muy difícil para mí, porque no tenía ese tipo de conocimientos, además porque estaba el complejo de que físicamente no sos el ideal de bailarina; pero fui poco a poco", relata.
Fue en el módulo siete, precisamente, uno de los momentos más duros porque le tocó estudiar ballet, por ende, más postura y estilizarse.
Y es en este mundo en el cual la protagonista de esta nota, Sandra Patricia Medrano Cornejo, decidió desarrollarse, respetarlo, amarlo y poner toda su alma en cada movimiento con cada una de las partes de su corpulento cuerpo.
Desde su infancia, Sandra tenía muchos sueños, en especial aquellos que incluían lo artístico que le llegaban desde la televisión. Desde entonces, ya se veía en un escenario bailando y/o cantando igual que Selena, Shakira y Britney Spears, quienes eran sus ídolos de niña.
"Soy la mayor de una familia de tres hermanos. Mi mamá y mi abuelita han sido figuras muy importantes para mí, ya que a los cinco años mi papá falleció y ellas me dieron mucha fortaleza", cuenta Sandra.
A pesar de crecer en una familia muy tradicional y conservadora, sin ninguna relación con el arte, Sandra siempre ha contado con su apoyo para todos sus sueños, ya que en realidad su objetivo era cantar, pero la vida la llevó hasta el baile.
Cuando estaba en séptimo grado, ya formaba parte de un grupo de coreografía en su colegio. Fue aquí donde su instructora de baile le comentó que estaba yendo a clases de belly dance; así que a Sandra le entró la curiosidad por conocer más y comenzó a meterse a internet para ver videos de este baile.
"De repente, en las cajas de Special K venían unos DVD de una bailarina de belly dance que se llama Rania; me emocioné y los compré. Ese fue mi primer acercamiento a las danzas árabes", recuerda ella. Ese DVD se convirtió en el primer instructor de Sandra. Religiosamente, todos los días en la tarde, luego de regresar del colegio, se colocaba frente a la computadora a seguir los movimientos de Rania. Desde entonces, comenzó a insistir a su mamá para que la inscribieran en clases. El shimmy y el camello la habían atrapado. Hasta que un día, de tanto insistir, una de sus tías la llevó a una escuela donde impartían danza árabe y en ese mismo momento se inscribió. Luego, llegó a su casa a contarle a su mamá que comenzaría clases los días sábados, a lo que ella le contestó: "Vos sabés que aquí lo primero es el colegio, así que vos consentite". En ese entonces acababa de cumplir 16 años y uno de sus regalos fue un caderín, precisamente de su tía.
Pero, lo que comenzó como un hobbie de sábados, se volvió una constante de lunes, miércoles y sábados. "Un día que solo estábamos mi maestra y yo, ella me dijo: '¿No has considerado dedicarte a esto en serio?', y yo en ese momento le dije que realmente no, pero que sí me gustaba", recuerda ella.
Para su primera muestra de baile de su escuela, fue toda su familia a verla. Estaba super nerviosa, había llovido y el escenario estaba muy liso, por lo que tenía miedo de caerse. Por otro lado, también se sentía nerviosa por el vestuario, "Una tiene el ideal de bailarina, que se usa un top, pero cuando una sale de ese ideal, vas pensando qué podría quedarte bien. Yo, por ejemplo, no soy ese ideal, soy más rellenita, no soy alta, pero una bailarina siempre va a querer mostrar algo menos y otra cosa más. Luego fui aprendiendo qué tipo de top y cortes de falda me favorecen más...son cuestiones de imagen que no se pueden obviar si trabajás en esto", asegura.
"Mi mamá me enseñó que el miedo no me debe detener; el miedo a mi complexión, que no me siento segura, sino que hay que seguir y seguir, a pesar de que tal vez no te sintás bien y las condiciones no sean las óptimas"
Luego que pasó la muestra, su familia creyó que ya no iba a seguir en clases, que ya había finalizado esa etapa. Pero Sandra les dijo que no, que ella iba a seguir.
La entrada al tribal americano y la pausa
Luego de pasar poco más de un año en su primera escuela de danza, fue a unos talleres del tribal fusión y tribal americano con la bailarina española Serta Huertas, pero en otra academia. Le gustó tanto que recibía clases en ambas escuelas: en una belly dance y en la otra tribal fusión.No obstante, para Sandra también su fe ha sido algo muy importante en su vida, así que se propuso ir a la Jornada Mundial de la Juventud, que ese año se celebraba en Madrid, España, por lo que dejó en pausa sus clases de baile para preparar su viaje de peregrinación, en el encuentro con el Papa Benedicto XVI. Ese mismo año, también inició sus estudios de Psicología en la universidad, así que tuvo que dejar de lado lo relacionado al baile por un par de años, y solo asistía a algunos seminarios.
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| Sandra (de anteojos) en su viaje de peregrinación en la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, con el grupo "Peregrinos de la Paz" |
Fue en el módulo siete, precisamente, uno de los momentos más duros porque le tocó estudiar ballet, por ende, más postura y estilizarse.
"Llegué a mi casa con un dolor terrible en una rodilla y un tobillo. Según la psicología de la danza, las rodillas se relacionan con el ego y los tobillos con la autoflagelación. Yo pensé que hasta ahí había llegado, pues no me salían los pasos, no tenía la formación, el cuerpo indicado, no lo iba a lograr".
Fueron su hermana, Daniela, y su maestra, Claudia María, las que la apoyaron y convencieron que no se detuviera, que creyera en sí misma porque ella sí tenía la capacidad para lograrlo. Y lo que pensó que no podría lograr, al final vio que sí podía y más. De igual forma, a la par llevaba la universidad, y en ocasiones le tocaba hacer las tareas de danza mientras estaba entre pausas de clases, o saliendo de ahí se iba para ensayos.
De alumna a maestra
Después, llegó la oportunidad de estar en una compañía de baile, que para ella fue más desafiante porque debía mostrar mayor calidad con una muestra de alumnas. "A nivel social hay muchas ideas todavía, no solo en cuanto al físico sobre quiénes tienen 'permitido' hacer danzas árabes, según su cuerpo, y quiénes no; sino también al vestuario, y el estereotipo de este tipo de danza donde la mujer tiene el protagonismo", comenta.
Sandra admite que sí ha llegado a sentirse discriminada, sobre todo, profesionalmente, porque cuando le piden un grupo de bailarinas, solicitan que sean jóvenes y con buena figura. Asegura que son ideas que no solo están en el público sino también en quienes bailan, lo cual para ella no es congruente con la filosofía milenaria de la danza árabe. "La gente a veces no te toma en serio, porque es como 'ahhh...la gordita bailando', pero en una está si eso te va a detener o te va a impulsar", algo que ha ido demostrando siempre parándose con seguridad, gallardía y elegancia en el escenario, ya sea como solista o en grupo, haciendo lo que le gusta y sabe.
"Una vez, fuímos a un programa de televisión y postearon nuestra visita en su red social. Luego, leí todo lo que dijeron de mí y otras bailarinas refiriéndose con comentarios hirientes. Es muy feo, el daño que pueden generarte es muy grande"
El año pasado, mientras hacía su tesis para obtener su pregrado de Psicología, también impartía clases de baile, algo que le comenzó a gustar y fue como una espina que se le fue incrustando. Pero, después de graduarse, obtuvo un trabajo como consultora en algo de su profesión universitaria que le exigía bastante y el tiempo era muy demandante en cuanto a los horarios. Sin embargo, luego de finalizado el proyecto, tuvo problemas para encontrar algo de su carrera.
"Busqué, busqué y busqué; fui a entrevistas y nada. Así que pensé que una tiene que estar en lo que le hace feliz, aunque talvez no tengás mayores comodidades, porque no es solo lo material, sino el sentirte bien, en paz y plena. Así que me aventuré y pensé que si no funcionaba, por lo menos lo intenté", relata. Así que, a inicios de este año, se puso como fecha tope la realización de un evento internacional, donde participaron representantes de otros países. Si al llegar a ese día, Sandra no tenía una oferta como psicóloga, iba optar por dedicarse completamente a la danza.
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| Sandra el día de su graduación como licenciada en Psicología. |
Llegada la fecha límite, sucedió algo memorable. Los maestros de Sandra, junto a su familia, le entregaron una placa de reconocimiento por su desempeño en ese evento, algo que fue muy emocionante y significativo para ella, pues no se imaginaba en absoluto que le entregarían una presea por su trabajo destacado. "Que mi mamá estuviera ahí entregándome ese reconocimiento fue la bendición que me hacía falta para aventurarme a seguir un sueño, porque para ella lo primordial era mi carrera universitaria. Luego, me dijo que si quería dedicarme a la danza, que lo hiciera bien", recuerda emocionada. Hoy, es invitada a otros países a impartir clases y a recibir seminarios también.
"Para mí es sumamente importante tener la capacidad de transformar la vida de las mujeres a través de la danza, pues como artista tenés en tus manos el poder cambiar un estado de ánimo. Y eso fue lo que me enganchó también de la psicología y por eso mismo nunca dejé ninguna".
Para Sandra es muy importante que cada persona genere cambios positivos para el país, desde su trinchera; ser más amables, regalar una sonrisa, siendo más empáticos, hacer lo que nos corresponde con amor, ser más humanos. Y desde su cátedra es donde empieza a generar cambios, haciéndoles ver a sus alumnas que no hay un cuerpo perfecto para la danza, que cada cuerpo tiene sus virtudes y desventajas, y que el reto está en conocerse a una misma e ir descubriendo cuáles son esas virtudes y trabajar en la seguridad y el empoderamiento, ya que las danzas árabes obligan a verse a una misma no solo desde afuera, sino también hacia adentro.
"La danza me transformó, porque desde chiquita había tenido sobrepeso, era insegura o las comparaciones me dolían, pero aprendí a verme, amarme y darme cuenta de lo que mi cuerpo era capaz"
La meta actual de Sandra es trasladarse al extranjero para seguir aprendiendo y preparándose en niveles más superiores para, a largo plazo, poder tener su propia academia, desde donde pueda seguir logrando cambios más allá de una técnica de baile, sino en fomentar en sus alumnas el amor propio y la aceptación para poder transmitir emociones al público amante de las danzas árabes.









